Nos complace publicar la versión original del artículo El cuerpo de mi voz: resistencias desde la música hecha por mujeres en Perú. Texto de Sol Jacobs, con fotografías cedidas por Sol Jacobs.

TEXTO: SOL JACOBS (AUTORA DEL PROYECTO FIFTEEN YEARS OLD) | FOTOGRAFÍAS CEDIDAS POR SOL JACOBS

La primera vez que supe de Maria T-Ta fue en una entrevista que colgaron en Youtube en el 2014: Eran los años ochenta en Lima, un periodo marcado por la guerra interna y le preguntaban sobre cómo era ser mujer y hacer música en el Perú, ella respondía que había tenido la maravillosa suerte de ser torturada por agentes del Estado en una época en la que cualquier tipo de disidencia te colocaba bajo sospecha de guerrillero; Le habían metido la cabeza al wáter mientras le decían puta, terrorista, y todas las posibles conexiones entre ambos calificativos, contaba esta historia entre risas y confesaba que esa había sido su resistencia: Reír por dentro y tener muy presente aquella consciencia, y el training vital que te otorga ser sujeto y objeto de la misma violencia en tus espacios cotidianos, incluido el escenario, por parte de tus propios colegas y amigos.

Maria T-Ta era una artista de la escena subterránea limeña, abiertamente feminista, pero su concepción del feminismo trascendía toda definición académica: No importaba si eras ama de casa, madre, vieja, música, santa o puta, no importaba incluso lo que hicieras en el escenario, sino importaba sobre todo lo que hicieras mas allá de el, pues era ahí, en el tránsito entre ambos espacios donde una realmente demostraba que se trataba de una posición política frente a la vida y no exclusivamente de un proyecto artístico, para ella eso es lo que era el Punk. Como muchos músicos de esa escena – la gran mayoría hombres – ella encontraba en el punk y el rock un espacio de libertad, y en la contracultura la posibilidad de la expresión propia, sin embargo es importante considerar que la mayoría de sus colegas disfrutaban –en clave disidente y de manera consciente o no – de aquello que provee la herencia patriarcal y colonial a los hombres como grupo social: El privilegio “Macho” con la licencia social que ello conlleva: Ser sujeto de enunciación valido aún para gritar, desgarrarse y protestar. Que una mujer virtuosa lo hiciera también dentro de ese contexto era doblemente valiente, era verdaderamente hacer punk dentro del punk, algo que incomodaba el des-orden establecido dentro de una cultura contestataria pero que no dejaba de ser estructuralmente machista.

Maria T-Ta migró fuera del país y nunca se supo mas de ella, cortó con la especie, y solo tras el conocimiento de su muerte – algunos años luego de que esto sucediera – su trabajo obtuvo visibilidad y a partir de ello cierto reconocimiento.

La historia del feminismo en el Perú, como todas las historias que se capitalizan en pro de la construcción de un discurso oficial – que a la larga deviene en un discurso homogeneizante – se empieza a contar en el arte a partir de la década del setenta, y como la mayoría de discursos oficiales suele estar escrita en lengua macho, esto es: Construida para ser asumida y consumida desde y para una sociedad androcentrada, occidental-izada y machista, cuya validación discursiva pasa necesariamente por el filtro exclusivo de la academia.

Aquella estructura de reconocimiento lleva intrínseca la imposibilidad de re-conocer-nos en otras formas históricas y locales de saber y hacer que nos atraviesan. Mas allá de lo unívoco que puede resultar el término Feminismo cuando se pretende universal-izante, es necesario re-conocer aquello que nos habita en forma de lenguaje vivo: Aquella historia común muy anterior donde lo común es precisamente lo diverso; Historias y luchas tejidas por las manos de nuestras abuelas, resistencias desde los ovarios de nuestras madres, el llanto y la dicha de nuestras hermanas, y los saberes legados por aquellas que en lo cotidiano y en lo creativo se atrevieron a retar y destruir el género como una imposición; Nervio y fibra que no cabe dentro del inventario patriarcal colonial, donde el único sujeto de enunciación posible – aún para determinar cual vendría a ser la lucha legítima de una mujer – es siempre un hombre, apoyado en la lógica estructural de un consenso que no discrimina género mientras se trate de mantener ese status quo.

No existen mujeres haciendo música en Perú, es un fenómeno reciente.

 Es muy común escuchar este tipo de comentarios, siendo música peruana mas de una vez me han preguntado a qué se debe este “fenómeno tan reciente” en nuestro contexto, aludiendo a un supuesto empoderamiento femenino en el presente que muchos asumen como una especie de concesión momentánea hacia quienes históricamente no hemos tenido voz. Ni fenómeno ni reciente: La participación de las mujeres en la música peruana, históricamente desde el huayno a la cumbia, el reggaetón, la nueva ola y todos aquellos géneros clasificados como populares y/o tradicionales, ha sido y es de un rol protagónico no solo en su dimensión artística y creativa sino también en la dimensión económica y política que implica trabajar en cultura siendo mujer en una sociedad como la peruana. Un hecho que ha sido minimizado muchas veces bajo la premisa clasista de: No ser auténticas creadoras por no corresponder a aquello que se considera música “culta = cultura”. Y la premisa machista que cataloga nuestra participación en la música popular como meros objetos, al ser nuestro cuerpo el que está en primer plano, uno de los instrumentos que voluntariamente empleamos para crear y trabajar en el arte, tal como sucede en la cumbia.

La música, como cualquier actividad inmersa en la vida, no se puede analizar aisladamente como un producto aséptico y desvinculado de otras dimensiones que la atraviesan y configuran nuestros modos de hacer y pensarnos. En esto el trabajo de las mujeres ha sido fundamental y probablemente por ello invisibilizado.

Creadoras como Pastorita Huaracina, Maria T-Ta, Victoria Santa Cruz, Rossy War, Ada Chura, Martina Portocarrero, Margot Palomino, agrupaciones actuales como Agua Bella, entre tantas otras, son referentes que nos acompañan y que dan fe de una virtud y empoderamiento constante en el tiempo. A estos referentes se suman la música originaria de los andes y la selva donde el sentido de comunidad es distinto y puede ir mas allá de la lógica autor / propiedad privada, contextos en los cuales las mujeres son parte y fundamento de la creación de sentidos a través de la música.

Queremos más mujeres tocando como hombres

Patricia Roncal, conocida artísticamente como Maria T-Ta, una de las artistas mas virtuosas de la escena subterránea. Feminista, músicx, perfomer, creadora visual y autora del fanzine Punto de Placer. Su trabajo dentro de la escena subterránea es uno de los pocos sino el único que profundiza de manera directa y confrontacional sobre la interseccionalidad de raza, clase y género con respecto a la violencia en el contexto peruano. Su legado sobrevive a esa violencia. Imagen tomada de la revista Caretas.

Queremos mujeres que sean rudas, que sean fuertes, que ocupen cargos de poder, queremos eso porque la libertad es también un mandato, y porque fuera de aquellas categorias no existe el reconocimiento hacía otras formas de – ser – mujer y de estar. Queremos que seas eternamente lo que se supone debes ser y cuidado con exponer otras formas de fortaleza porque nuestra identidad se construye sobre la fuerza y todos sabemos exactamente lo que eso significa: Está escrito con sangre.

Natasha

Conjunto Nuevas Voces de Huancapi, en la montaña de Waswantu en Ayacucho, Perú. Escenificando Pacificación, Pumpin ayacuchano que significa el periodo de violencia política después de veinte años de guerra interna. Fuente: Imagen capturada de Youtube.

Mi madre cantaba con el nombre artístico de Natasha, empezó a trabajar a los catorce años, usaba minifalda y con lo que ganaba pagaba sus estudios y apoyaba en los gastos dentro de una familia monoparental cuya cabeza era mi abuela. Nadie le dijo que era una auténtica creadora siendo niña, mujer y artista en un contexto que siempre ha priorizado una noción hegemónica de cultura desvinculada de nuestros cuerpos y nuestro quehacer vital. Y que aquello ha configurado también nuestra voz. Yo no puedo hacer otra cosa que identificarme con ella siendo que somos en general tan distintas. Porque siento que lo común no es la opresión sino la grandeza de haber resistido creativamente la negación.

La misma razón por la cual me identifico con el feminismo es aquella que me hace cuestionarlo como categoría fija y estable, porque entiendo en mi piel que según el contexto temporal y geopolítico las palabras y categorías cambian de significado y que siendo así hay palabras que lejos de designar la realidad en muchos casos la encubren.

Siendo que mi trabajo se considera inscrito dentro de la música experimental no encuentro distinción alguna entre ese espacio, y otros, respecto a la violencia machista cotidiana e institucional que nos afecta como grupo. La misma que me ha tocado en mis espacios vitales a lo largo de estos años entre Lima y España, donde además las consecuencias del racismo instituido complejizan mas aún la violencia de género.

Pienso que la misma subjetividad que configura la producción de capital no discrimina al arte ni a la creación cuando se le asume como una carrera en la que todo hombre tiene no solo el camino despejado, sino el deber y la imposición social de llegar primero y liderar. Y que en ese sentido ser un músico reconocido equivale a ser gerente de un banco. Para las mujeres que conozco la lucha a través de la creación siempre ha estado un paso mas allá de ese escenario. Yo siento que es necesario visualizar aquello como una de nuestras fortalezas genuinas y escuchar nuestra voz a lo largo del tiempo, aquella voz que es también nuestro aliento.

Imagen de archivo familiar